Tras formar uno de los primeros sindicato de panaderos de argentina, los italianos Ericco Malatesta y Etore Mattei, comenzaron a pelear por reivindicaciones laborales.
En momentos en que gobernada Domingo Faustino Sarmiento, se estableció en 1878, que las jornadas laborales eran de 10 horas en invierno y 12 horas de trabajo en verano. Muchos derechos que hoy se conocen y se dan por naturalizados, en otro momento de argentina, no eran válidos. Trabajan los niños, el aguinaldo no existía y las condiciones laborales eran muy precarias.
Por esto y como forma de burla al estado, los panaderos anarquistas comienzan a bautizar a sus producciones con nombres muy particulares. Para burlarse de los religiosos, bautizaron a las berlinesas como «bolas de fraile». Además el vigilante tomó su nombre, por su largo y parecido con el bastón de la policía. Los «libritos», fue una burla a los intelectuales del momento, así como el «político» que suele tener un sabor agridulce.
En este sentido, a sus producciones dulces, comenzaron a llamar «facturas» para que tanto trabajadores como consumidores, tomaran conciencia del valor del trabajo que los panaderos.
























