En un salón del Palacio de La Moneda, bajo el peso de una tarde nublada que parece reflejar el clima geopolítico de América Latina, la ministra secretaria general de Gobierno, Camila Vallejo, irrumpió en la agenda noticiosa con declaraciones que resonaron como un eco de advertencia continental. Frente a un puñado de periodistas convocados de urgencia, la vocera del gobierno de Gabriel Boric no escatimó en palabras para condenar lo que describió como una escalada peligrosa en Venezuela, un país que, según ella, ya navega en aguas turbulentas desde hace años.
La escena se desarrolló pasadas las 15:00 horas, tras una reunión de gabinete que, según fuentes internas, había sido dominada por el análisis de las repercusiones internacionales de los recientes eventos en Caracas. Vallejo, con su habitual elocuencia y un tono que mezclaba preocupación con firmeza, tomó el podio para responder a las consultas sobre la posición chilena respecto a la intervención estadounidense en el territorio venezolano. «Lamentablemente Venezuela ya había perdido su democracia y ahora puede perder su petróleo sin recuperar su democracia», afirmó la ministra, pausando un instante para que sus palabras calaran en la audiencia. Era una frase que capturaba la esencia de una tragedia en dos actos: la erosión interna de las instituciones venezolanas y la amenaza externa de una potencia que, en su visión, busca redibujar mapas a su conveniencia.
El contexto no podía ser más candente. Apenas unas semanas atrás, reportes internacionales habían confirmado movimientos militares estadounidenses en la frontera colombo-venezolana, justificados por Washington como una «operación de seguridad energética» ante la inestabilidad del régimen de Nicolás Maduro. Pero para Vallejo, esto no era más que un eufemismo para una agresión imperialista. «El precedente que genera este ataque de Estados Unidos y la declaración de querer tomar posesión y control de un recurso natural estratégico en Venezuela y amenazar, incluso, a otros países de América Latina, pone en riesgo grave la soberanía y la integridad territorial de toda la región», prosiguió, elevando la voz en un gesto que subrayaba la gravedad del asunto.
Los presentes en la sala –un mosaico de reporteros locales e internacionales– no tardaron en lanzar preguntas. ¿Significaba esto un quiebre en las relaciones con Estados Unidos? ¿Cómo afectaría al Mercosur o a la Celac? Vallejo, fiel a su estilo directo heredado de sus días como líder estudiantil, evitó especulaciones pero enfatizó la necesidad de una respuesta unificada. «Chile no se quedará de brazos cruzados», dijo, aludiendo a gestiones diplomáticas en curso con aliados regionales como Brasil y México. Sus palabras evocaban recuerdos de crisis pasadas: la invasión a Panamá en 1989 o las tensiones en el Golfo Pérsico, pero ahora el foco estaba en el patio trasero de América Latina, donde el petróleo venezolano –ese «oro negro» que ha financiado revoluciones y dictaduras– se convertía en el botín de una nueva disputa global.
La reacción no se hizo esperar. En las redes sociales, hashtags como #SoberaníaLatina y #NoAlIntervencionismo escalaron rápidamente, con apoyos desde intelectuales progresistas hasta opositores venezolanos en el exilio que, paradójicamente, veían en las declaraciones de Vallejo un reconocimiento implícito a la crisis democrática en su país. Críticos del gobierno chileno, sin embargo, acusaron a la ministra de hipocresía, recordando el silencio relativo de Santiago ante otras violaciones de derechos humanos en la región. «Es fácil criticar a EE.UU., pero ¿dónde está la condena firme al madurismo?», cuestionó un columnista en un matutino conservador.
Mientras tanto, en Caracas, el gobierno venezolano emitió un comunicado agradeciendo el «apoyo solidario» de Chile, aunque sin mencionar la parte sobre la «pérdida de democracia». En Washington, un portavoz del Departamento de Estado desestimó las palabras de Vallejo como «retórica ideológica», reafirmando que cualquier acción se enmarcaba en la defensa de la «estabilidad hemisférica».
Esta crónica no es solo un registro de palabras dichas en un podio; es el pulso de una región que, una vez más, se ve amenazada por sombras externas e internas. Vallejo, con su intervención, no solo defendió la soberanía venezolana –a pesar de sus críticas al régimen–, sino que recordó a todos que las fronteras de América Latina son frágiles como el vidrio. En un mundo donde el petróleo sigue dictando alianzas y conflictos, la pregunta que queda flotando es: ¿podrá la diplomacia regional evitar que esta crisis se convierta en un dominó que arrastre a todo el continente? El tiempo, como siempre, será el juez implacable.























