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Prestamistas terminaron detenidos tras secuestrar a una mujer por una deuda

Tarde o temprano, un caso como éste iba a pasar. El fenómeno casi imparable de la morosidad en Argentina, -con argentinos que piden a uno para pagarle al otro, que le deben al banco, a la empresas de microcrédito, a los esquemas de préstamos en las billeteras virtuales y, finalmente, al usurero del barrio- inevitablemente, iba a trenzarse con el delito, con el deudor como victimario, o como víctima.

El lunes pasado, el Departamento Antisecuestros Sur de la Policía Federal detuvo a tres sospechosos en Villa Ballester y Villa Melo, en la zona norte del Conurbano bonaerense, con una causa en su contra a cargo de la jueza Sandra Arroyo Salgado, el fiscal Rodolfo Domínguez y el auxiliar Facundo Bahit.

El relato en el expediente es particularmente revelador. Los sospechosos, según la acusación en su contra, se dedicaban, precisamente, a la usura barrial, con un esquema de préstamos en villas de la periferia de Munro y San Martín como la Melo, la Loyola o La Rana.

Entregaban, según la acusación, montos pequeños, pero tasas que cobraban eran exorbitantes, préstamos leoninos para desesperados. Un detective del caso asegura: “Si les pedías $200 mil, a los 15 días tenías que devolver el doble. Dos semanas después, tenías que pagar $700 mil”. Y si un deudor no pagaba, desde ya, había consecuencias.

Una mujer de Munro, de 34 años, ex empleada de una conocida cadena de comidas rápidas, sin empleo en blanco ni planes sociales siquiera, le pidió prestado al trío. Ya acarreaba una deuda de casi 200 mil pesos a un sitio de préstamos, marcada en el sistema bancario con un bordó casi irrecuperable desde febrero último, lo que la convertía una paria para cualquier préstamo serio. Ya le debía a otros prestamistas. El trío de Villa Melo fue su última opción. Así, pidió, y no pagó.

El sábado 11 de abril, la mujer fue citada por la banda a través de un contacto en común, cerca de las 19 horas. Se reunieron. No fue para tomar un café, precisamente. Según la imputación, la capturaron al instante, la ocultaron y la mantuvieron en movimiento, como en un clásico secuestro exprés. Así, la banda negoció la liberación con la familia de la víctima: debían pagar un rescate de un millón y medio de pesos.

En paralelo, los familiares de la mujer raptada llamaron al 911 y reportaron el hecho. El Departamento Antisecuestros Sur de la Federal intervino de inmediato, con la jueza Arroyo Salgado en turno. Los captores negociaron con la intensidad clásica de un secuestro extorsivo. La víctima gritaba del otro lado de la línea, como prueba de vida.

Finalmente, se acordó el pago: el millón y medio debía ser entregado en un sobre a las 4 de la mañana del domingo 12, bajo una camioneta en Villa Mitre, estacionada a dos cuadras de la cancha de Chacarita.

La familia fue a la cita, dejó el dinero y esperó. La PFA esperaba junto a ellos. Pero nadie recogió el rescate. Algo pasó. Tal vez, se les entibió la sangre a los secuestradores. La víctima fue liberada a pocas cuadras de distancia del punto de pago, media hora después.

Entonces, la PFA comenzó a rastrear a la banda de usureros convertidos en secuestradores: la primera en caer el lunes último fue J. G., de 33 años, capturada en su casa de Villa Ballester, acusada de mentirle a la víctima para entregarla a la banda y así concretar el secuestro. Le incautaron seis teléfonos, dos tarjetas de débito y crédito de bancos estatales y una pequeña moto Gilera 110.

Luego, la Federal arrestó a W. A. y D. D., señalados como los presuntos autores materiales del secuestro y los responsables de negociar el rescate que nunca se cobró. El grupo GEOF rompió su puerta en la zona de Villa Melo. Allí, los investigadores hallaron cuatro teléfonos que podrán ser peritados, anotaciones de interés para la causa y un Volkswagen Up, que, creen los investigadores, fue usado para trasladar a la víctima.

Fuente: Infobae

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