Hoy, mientras las aulas de las universidades nacionales vuelven a llenarse de clases que se sostienen con esfuerzo, los docentes universitarios argentinos conmemoran su día en medio de una nueva pulseada por la supervivencia de la educación pública. No es solo una fecha de reconocimiento: es un recordatorio de que la defensa de la universidad siempre ha estado ligada a la resistencia.
El origen se remonta al 15 de mayo de 1969, durante el “Correntinazo”. Ese día, la Federación Universitaria del Nordeste (FUNE) convocó una masiva movilización al rectorado de la Universidad Nacional del Nordeste, en Corrientes, contra el rector Carlos Walker y las políticas de ajuste y represión de la dictadura de Juan Carlos Onganía. Los estudiantes y docentes protestaban por el cierre del comedor universitario, el aumento de aranceles y el recorte de derechos en plena noche oscura del autoritarismo. La respuesta fue brutal: represión, heridos y el asesinato del estudiante Juan José Cabral. Aquella chispa se extendió y se convirtió en uno de los detonantes de un ciclo de luchas que erosionó al régimen.
Desde entonces, el 15 de mayo quedó grabado como símbolo de la lucha colectiva. En 1984, con el retorno de la democracia, se fundó la CONADU (Federación Nacional de Docentes Universitarios), y la fecha se consolidó como jornada de homenaje a quienes enseñan, investigan y defienden la universidad como bien público. No se trata de celebrar a una figura individual, sino al compromiso diario con la formación de miles de profesionales y la producción de conocimiento en un país que, históricamente, apostó por la educación como herramienta de movilidad social.
Hoy, la lucha continúa bajo otro signo
Cincuenta y siete años después, los docentes universitarios vuelven a marchar y reclamar, esta vez contra las políticas de ajuste del gobierno de Javier Milei. El contexto es dramático: recortes presupuestarios profundos, salarios que pierden poder adquisitivo frente a la inflación y un financiamiento que, según datos oficiales y análisis independientes, ha caído a niveles cercanos a los más bajos en décadas.
En las últimas semanas, la cuarta Marcha Federal Universitaria (realizada el 12 de mayo) volvió a llenar plazas de todo el país, con epicentro en Plaza de Mayo. Estudiantes, docentes, no docentes y rectores exigieron el cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario aprobada en 2025, la actualización de partidas y la recomposición salarial. El gobierno respondió con un nuevo ajuste presupuestario de miles de millones de pesos, afectando educación, infraestructura y becas, en línea con su objetivo de superávit fiscal.
Los números duelen en las facultades: ejecución baja de fondos para hospitales universitarios, congelamiento de obras, pérdida real de ingresos para los docentes y un presupuesto proyectado para 2026 que amenaza con ser el más bajo en casi 20 años en términos relativos. Muchas carreras sostienen clases en condiciones precarias, con laboratorios desabastecidos y docentes que combinan la docencia con otros trabajos para llegar a fin de mes.
“En 1969 luchábamos contra una dictadura que ajustaba y reprimía; hoy enfrentamos un ajuste que, bajo el argumento del orden fiscal, pone en jaque el derecho a la educación superior gratuita y de calidad”, sintetizan voces del sector consultadas en las últimas movilizaciones. Desde el oficialismo, se replica que el recorte es necesario para estabilizar la economía y que las universidades deben mejorar su eficiencia. La brecha es profunda y se siente en cada facultad del país.
Un día para reflexionar y resistir
Este 15 de mayo no es un feriado de aplausos vacíos. Es una jornada de asambleas, actos y reflexiones en las universidades públicas que siguen siendo, para millones de argentinos, la principal puerta de acceso a un futuro mejor. Los docentes, esos que preparan clases hasta altas horas, corrigen trabajos y acompañan vocaciones, vuelven a recordar que su rol trasciende el aula: son parte de una tradición de defensa de lo público.
En Comodoro Rivadavia, como en Corrientes, La Plata o Tucumán, las universidades resisten. La crónica de hoy se escribe con tiza en pizarrones que aún no se apagan y con pasos en las calles que, una vez más, exigen que la educación no sea el ajuste variable de la ecuación económica. La historia del 15 de mayo enseña que, cuando la universidad se moviliza, el país entero se pone en alerta.





































