La joven de 32 años continuó sus estudios en medio del dolor y se recibió de profesora. “Siempre había soñado con salir del examen y abrazar a mis padres”, recordó.
Durante 2021, Rocío Barberá vivió uno de los peores años de su vida. Esta mujer, de 32 años de edad vive en Godoy Cruz, en Mendoza, sufrió la pérdida con un mes de diferencia de sus padres, como consecuencia del Covid-19.
Unos días después, falleció su hijo que sufría de parálisis cerebral. Pese al dolor infinito y los golpes que recibió uno detrás de otro y en corto tiempo, el 17 de diciembre último rindió su última materia en el Instituto de Educación Superior de Maipú y se recibió de profesora. “Lo hice por ellos”, destacó.
La etapa más difícil de su vida comenzó el 19 de abril pasado, en plena segunda ola de Covid, cuando su mamá, Adriana, se contagió, quedó internada en la Clínica de Cuyo y falleció un mes después.
Pocos días más tarde partió Daniel, su papá, también víctima del coronavirus. La seguidilla de Rocío parecía no tener fin: en noviembre, su hijito Valentino, de 12 años, que sufría un daño cerebral desde su nacimiento, se descompensó y dejó de existir el 11 de ese mes.
“De vivir con ellos tres, que eran mi razón de existir, quedé sola. Fueron tres golpes muy duros, difíciles de sobrellevar: sentí que ya no tenía por quién seguir luchando”
Se sincera hoy, en diálogo con Los Andes, exactamente un mes después de haber aprobado el último examen de su carrera.
Abrumada de dolor, cuando el hogar quedó vacío se puso de pie como pudo y decidió retomar la carrera que había iniciado tiempo atrás.
“Siempre había soñado con salir del examen y abrazar a mis padres, agradecerles y darles la alegría de la meta cumplida.
Ellos fueron pilares fundamentales para que pudiera criar a Valentino, que sufría múltiples dificultades.
No se me dio, pero en cambio estuvieron mis hermanos, sobrinos y amigos de fierro que supieron apoyarme desde el primer momento”
dijo la mujer en diálogo con Los Andes.
El capítulo de Valentino, su hijito que sufría encefalopatía crónica no evolutiva, producto de una mala praxis, fue mucho más repentino: tres días antes de morir se descompensó y finalmente el 11 de noviembre sufrió un paro cardíaco irreversible. Falleció dormido, sin darse cuenta.
“Cuando nació le dieron cinco años de vida y sin embargo me regaló muchos más. Vivió 12 años y logró lo que nunca esperábamos, escuchar y hacerse entender. La vida a veces es una caja de pandora y la ciencia tiene sus particularidades”, reflexiona.
Poco después de nacer Valentino, Rocío abandonó sus estudios universitarios para volcarse de lleno a su hijo. Junto a sus padres sacaron al niño adelante.
Para ella, el año pasado resultó una verdadera prueba. Y más allá de los resultados, su mirada sigue siendo optimista:
“Sigo mirando al futuro en honor a mis padres que me dieron la vida y a mi hijo que me regaló 12 hermosos años”, concluye.
























