La muerte de una cantidad inusualmente elevada de ballenatos de ballena franca austral convirtió a la temporada 2026 en un foco de atención para los investigadores que trabajan en las costas de Chubut. La cifra todavía no está cerrada y tampoco existe una causa confirmada, por lo que los equipos científicos continúan reuniendo información para determinar qué está ocurriendo.
Los relevamientos se concentran en Península Valdés, Puerto Madryn y los golfos Nuevo y San José. Los primeros ejemplares muertos fueron encontrados en junio y la aparición de nuevas crías durante septiembre incrementó la preocupación. Uno de los principales objetivos es establecer cuántos animales murieron realmente y evitar que un mismo ejemplar sea contabilizado más de una vez.
El antecedente que permite dimensionar el episodio es el de 2012, cuando se registraron 113 ballenatos muertos, la mayor cantidad documentada hasta entonces para esta especie a nivel mundial. Los registros preliminares de 2026 hacen pensar que esa cifra podría ser superada, aunque todavía no puede confirmarse.
También se intenta determinar qué representa esa cantidad en relación con el número total de nacimientos de esta temporada. Para los investigadores, ese dato es fundamental porque permitirá saber si se trata de una anomalía con posible impacto sobre la población o de una fluctuación dentro de la dinámica natural de las ballenas francas australes.
¿Qué causa están investigando?
Una de las principales hipótesis apunta a la bacteria Erysipelothrix rhusiopathiae. Se trata de un microorganismo que puede encontrarse en distintos animales y ambientes marinos y que puede provocar enfermedades graves en cetáceos.
La Secretaría de Ambiente de Chubut informó que se estudia su posible relación con una afección sistémica en los ballenatos. Pero encontrar la bacteria no significa, por sí solo, que ya se haya determinado que sea la responsable de las muertes.
Existe un antecedente en Península Valdés. Un estudio publicado en 2016 había detectado ese microorganismo en lesiones asociadas a ataques de gaviotas en dos ballenatos examinados durante 2013. La investigación planteó que esas heridas podían permitir el ingreso de microorganismos, aunque no estableció que la bacteria hubiera provocado la muerte de aquellos animales.
Por eso, los científicos analizan ahora las muestras obtenidas de los ballenatos y las condiciones ambientales de los golfos Nuevo y San José, para determinar si existe alguna relación entre el microorganismo, el estado sanitario de las crías y las características del ambiente.
¿Hay indicios de contaminación o actividad humana?
Hasta el momento, no se identificaron evidencias que permitan atribuir la mortandad a factores de origen antrópico, según informó el Gobierno de Chubut.
La investigación, sin embargo, continúa. Además de las necropsias y los análisis de laboratorio, los especialistas consideran necesario estudiar el ambiente marino y mantener los relevamientos sistemáticos de las costas.
Otro antecedente que se tiene en cuenta es el episodio ocurrido en 2022, cuando murieron 30 ballenas francas australes en el Golfo Nuevo durante una floración algal nociva conocida como “marea roja”. Los estudios posteriores detectaron toxinas vinculadas a microalgas. Hasta ahora no existe información que permita afirmar que la mortandad de 2026 tenga la misma causa.
¿La población de ballenas está disminuyendo?
El primer censo aéreo de la temporada 2026 contabilizó 1.375 ballenas francas australes, entre ellas 409 crías, en el litoral de Península Valdés. El relevamiento fue realizado el 6 de septiembre por investigadores del CESIMAR-CONICET.
El número fue inferior a los 2.110 ejemplares registrados en 2025, aunque los especialistas aclararon que ambos censos no pueden compararse de manera aislada, debido a que la fecha del relevamiento y la distribución de las ballenas dentro de los golfos pueden modificar considerablemente el resultado.
Para el equipo del LAMAMA, el registro de 2026 se encuentra dentro de los valores esperables para una población que presenta fluctuaciones naturales entre temporadas. Por eso, el censo por sí solo no permite concluir que exista una caída poblacional.
El ICB, que atraviesa su 56ª temporada de trabajo de campo en Península Valdés, cuenta además con información acumulada durante cinco décadas sobre más de 5.500 ballenas individuales. Esos registros serán importantes para determinar qué impacto puede tener la mortalidad de las crías sobre la población.
