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Cultura

Quinquela Martín: de la carbonería a los colores inconfundibles de La Boca. Por Mónica Menvielle

El 21 de marzo de 1890, un bebé envuelto en un manto llegó a la Casa de Niños Expósitos de Buenos Aires. Una nota escrita a mano revelaba su nombre: Benito Juan Martín. Las monjas, sin más datos, le asignaron el 1 de marzo como fecha de nacimiento. Ese niño abandonado se convertiría, décadas después, en el pintor que le dio identidad y color eterno al barrio de La Boca. Criado por Manuel Chinchella y Justina Molina —una pareja de carboneros genovés y entrerriana—, Benito creció entre bolsas de carbón y el humo del puerto.

De adolescente, repartía su tiempo entre la carbonería familiar y el trajín del Riachuelo: barcos atracados, grúas chirriantes, obreros sudorosos, chimeneas escupiendo negro. Con trozos de carbón sobre cartones improvisados empezó a dibujar lo que veía.

A los 14 años descubrió el pincel y ya no hubo vuelta atrás. Lo que comenzó como trazos oscuros se transformó en una paleta vibrante, casi furiosa. Quinquela tomó los tonos intensos —rojos, amarillos, azules eléctricos— para pintar los conventillos de chapa, los barcos de carga, el trabajo portuario y la vida obrera. Rechazó el academicismo y abrazó la espátula: golpes directos de color que transmiten movimiento, vapor, esfuerzo y vitalidad.

Así nació su estilo inconfundible, ese que convirtió el gris del puerto en una fiesta cromática y llevó La Boca a museos de todo el mundo.Pero Quinquela no se limitó a retratar su barrio: lo devolvió transformado. Con el dinero de su éxito donó terrenos y recursos para crear espacios que unieran arte y educación. En 1933 impulsó la construcción del edificio que hoy lleva su nombre: el Museo Benito Quinquela Martín.

Inaugurado en 1936 y declarado Monumento Histórico Nacional, es un símbolo vivo. En la planta baja y el primer piso funciona una escuela primaria con 16 enormes murales del artista; en el segundo piso, el museo propiamente dicho; y en el tercero, el atelier-vivienda donde Quinquela vivió y pintó hasta su muerte, el 28 de enero de 1977.

Hoy, caminar por La Boca es entrar en su paleta. Desde las ventanas de su antigua casa-estudio se divisa el Riachuelo y el icónico Puente Transbordador Nicolás Avellaneda, esa estructura de hierro que el pintor inmortalizó una y otra vez. El color ya no es solo pintura: es la piel del barrio.Visitar el museo —abierto de martes a domingos de 11:15 a 18 hs— es mucho más que ver cuadros. Es subir las escaleras que él transitó, sentir el olor a óleo viejo, imaginarlo inclinado sobre el caballete mientras el puerto respiraba abajo. Caminito puede ser el comienzo, pero la verdadera fuerza de La Boca late en los colores de Quinquela: una invitación abierta a descubrir cómo un niño sin origen pintó un barrio entero hasta hacerlo inolvidable.

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