San Antonio de Areco, 13 de febrero de 1886. En una casona porteña de la aristocracia bonaerense nace Ricardo Güiraldes, hijo de Manuel Güiraldes —político y estanciero— y de Dolores Goñi, descendiente de los fundadores del pueblo. La plata y los salones de Buenos Aires lo rodean desde la cuna, pero el destino —o quizás el olfato de la pampa— lo lleva pronto hacia otro mundo.
Apenas un niño, Ricardo viaja a los pagos maternos: San Antonio de Areco, a 113 kilómetros al norte de la capital. Allí, entre el polvo de los caminos y el rumor del río Areco, entra en contacto con los gauchos. No como espectador distante, sino como quien se empapa de sus días: las juntadas en los boliches, las domas, las historias contadas al fogón. Uno de esos paisanos, Segundo Ramírez —resero curtido, hombre de pocas palabras y mucha ley— se convierte en su sombra tutelar. El muchacho lo observa, lo admira, lo guarda en la memoria.
Pasan los años. Güiraldes crece entre Europa y la estancia La Porteña, viaja, escribe poesía, publica libros menores. Pero la esencia gaucha no lo suelta. En 1926, ya con 40 años, publica «Don Segundo Sombra». No es solo una novela: es el relato en primera persona de Fabio Cáceres, un huérfano que encuentra en Don Segundo —inspirado directamente en Ramírez— un maestro de vida, de coraje y de esa nobleza que no necesita títulos ni herencias. El libro se imprime en los talleres de Francisco Colombo, aquí mismo en Areco, y se convierte en clásico casi de inmediato. Güiraldes logra lo que pocos: retratar al gaucho sin romantizarlo en exceso ni caricaturizarlo. Lo muestra real, pobre pero libre, sabio en lo esencial.
Un año después, el 8 de octubre de 1927, Ricardo muere en París a los 41 años, víctima de una enfermedad. Sus restos regresan a San Antonio de Areco, donde descansan aún. Pero su huella no se borra: el pueblo la lleva en la piel.
Hoy, cruzar el Puente Viejo —ese arco rosado que tiende sobre el río Areco— es como entrar en las páginas de la novela. El agua corre mansa debajo, los sauces se inclinan, y al otro lado aparece la pulpería La Blanqueada. Más de 150 años de historia en sus paredes encaladas. Fue allí, según cuenta la tradición y el propio Güiraldes en su libro, donde Fabio vio por primera vez a Don Segundo: un encuentro que cambia todo. El edificio, restaurado y ambientado en época rosista, conserva el aroma a yerba, a cuero y a madera vieja. Hoy es parte del Parque Criollo y del Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes, declarado Monumento Histórico Nacional junto al puente y otros sitios del pueblo.
La Blanqueada se alza en la entrada del parque. Detrás, la casona del museo reproduce una hacienda del siglo XVIII: muros gruesos, azotea, mirador, todo rodeado por un foso de agua que se cruza por un puente levadizo. Adentro, el gaucho cobra vida en mates, facones, boleadoras, aperos y fotografías. Afuera, el campo se extiende plano y verde, como si esperara aún el galope de un resero.
San Antonio de Areco fue declarada Capital Nacional de la Tradición en 2015. En noviembre, durante la Fiesta de la Tradición, el pueblo entero revive esa herencia: jineteadas, payadas, asados. Pero la verdad es que no hace falta esperar fechas. Cualquier día del año, al caminar por sus calles empedradas, entrar en los viejos almacenes o sentarse en un bar con vista al río, se siente la esencia gaucha que Güiraldes capturó. El aristócrata que admiró al gaucho no solo escribió su sombra: la dejó impresa en un pueblo entero.
Aquí, Don Segundo sigue enseñando sin hablar. Y el río Areco, manso y terco, sigue contando la historia.


























