Sociedad

Salud mental infantil: advierten por una generación atravesada por violencia, apuestas, pantallas y falta de atención

La salud mental de niñas, niños y adolescentes atraviesa una situación crítica, marcada por distintas formas de violencia, aislamiento, consumo de sustancias, apuestas en línea, autolesiones y una exposición cada vez mayor a las pantallas. La psicóloga Sonia Almada planteó que, frente a este escenario, las respuestas institucionales continúan siendo insuficientes y que miles de chicos quedan sin el acompañamiento necesario.

Desde su experiencia en escuelas, consultorios y guardias, Almada describió situaciones en las que niños y adolescentes llegan con dificultades para dormir, comer, aprender, jugar o separarse de una pantalla. También aparecen casos de autolesiones, agresiones, conflictos con la ley y consumos de sustancias, mientras que otros chicos manifiestan, a través de sus conductas, estar atravesando situaciones de violencia que muchas veces ni siquiera pueden reconocer como tales.

Uno de los principales problemas señalados es que el sufrimiento infantil suele hacerse visible recién cuando se transforma en una conducta que genera alarma. Autolesiones, suicidios, consumo, apuestas o dificultades escolares suelen provocar una reacción inmediata, pero esa atención puede desaparecer rápidamente, dejando en segundo plano la necesidad de escuchar y comprender qué está ocurriendo en la vida del niño o adolescente.

La violencia sexual constituye otra de las dimensiones del problema. Según estimaciones mundiales de UNICEF citadas por Almada, una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los 18 años, mientras que entre niños y hombres la estimación alcanza a uno de cada 11. A esto se agregan situaciones de violencia en entornos digitales, como la exposición a contenidos sexuales no deseados, las presiones para enviar imágenes o mantener conversaciones sexuales y la circulación de material sin consentimiento.

Las pantallas también ocupan un lugar central en este escenario. La especialista plantea que las plataformas digitales pueden convertirse en espacios de pertenencia y compañía para chicos que atraviesan soledad, además de exponerlos a contenidos vinculados con violencia, apuestas y conductas dañinas. En el caso de las apuestas en línea, señala que uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó alguna vez, según datos de UNICEF.

El impacto también alcanza a las escuelas. Un niño que llega al aula después de atravesar hambre, violencia, abandono, soledad o responsabilidades familiares puede tener buena parte de su energía concentrada en sobrevivir a esas situaciones. En esas condiciones, sostener la atención, tolerar la frustración, esperar y proyectar un futuro se vuelve mucho más difícil.

A las dificultades de los chicos se suma la falta de respuestas coordinadas. La escuela puede recibir el problema de aprendizaje o de conducta, el sistema sanitario el síntoma y la Justicia las situaciones de violencia o infracciones, mientras que las familias terminan enfrentando el conjunto de las dificultades. Esa fragmentación puede generar múltiples intervenciones sin un acompañamiento integral y sostenido.

Almada también cuestionó que muchas familias, aun cuando consiguen advertir las señales de sufrimiento, se encuentren luego con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tratamientos que no tienen continuidad. Frente a las autolesiones y los intentos de suicidio, por ejemplo, no alcanza con identificar las señales de alarma si después no existen dispositivos suficientes para sostener al niño, su familia y su entorno educativo.

La especialista reclamó inversión sostenida, equipos interdisciplinarios, atención territorial y dispositivos permanentes de detección, acompañamiento, derivación y seguimiento, junto con una articulación efectiva entre salud, educación, protección social y Justicia.

El planteo apunta especialmente a las decisiones sobre presupuesto y políticas públicas: las respuestas temporales o los programas que pierden continuidad no alcanzan para abordar problemas cuya recuperación puede demandar años. Mientras tanto, las conductas y síntomas de niñas, niños y adolescentes continúan funcionando como expresiones de un sufrimiento que, según la especialista, todavía no está siendo escuchado con la atención que requiere.

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