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Opinión: “Nuestra propia fuente de desigualdades” por Jorge Sánchez

Opinión: “Nuestra propia fuente de desigualdades” por Jorge Sánchez

Hemos venido argumentando cómo la relación entre instituciones y procesos de mercado reales en el entorno regional explican la capacidad efectiva para crear riqueza en términos de niveles de actividad y empleo. Dimos cuenta de un sistema político sin control social efectivo sobre el uso de los recursos y el endeudamiento públicos. De cómo esto configura un estado cooptado por elencos de gobierno que construyen poder político sobre el intercambio de caudal electoral por posiciones de gobierno e influencia y del que participan oficialismos tanto como oposiciones. Y de cómo esto resulta en el estado orientado a la captura de rentas antes que a la generación de riqueza.

En este cuadro, la coordinación resultante entre las organizaciones que pueden canalizar información, financiamiento y tecnología hacia nuevos proyectos empresarios es insuficiente para reconocer sus relaciones como un ecosistema empresarial. Su impacto en términos de nuevas actividades y empleo no tiene significación. Esta situación es particularmente grave de cara a las transformaciones económicas que la crisis sanitaria ha acelerado y que hemos definido como la integración de medios físicos y digitales en la producción y distribución, el desplazamiento de las actividades extractivas y la consecuente necesidad de revisar las herramientas habituales de dirección.

Una consideración que por silenciosa pasa desapercibida es cómo esto contribuye a la desigualdad y a la pobreza. Usualmente y siguiendo a quienes han estudiado el tema con foco en las economías desarrolladas fundamentalmente, se cita como fuente de desigualdad la financiarización de la economía global y a la voracidad del capital financiero o internacional. Poner foco en nuestro medio sobre el asunto muestra una trayectoria de largo aliento signada por la pérdida sistemática de valor de nuestra moneda, su impacto inflacionario, cambiario y las recurrentes intervenciones para contenerlos de manera episódica.

Volatilidad y endeudamiento público creciente han orientado el estrecho sistema bancario al financiamiento del estado antes que a la inversión y han cercenado el desarrollo de un mercado de capitales relevante. Incluso se ha llegado al punto de confiscaciones y cesaciones de pago literalmente atentatorios contra el ahorro y la atracción de inversiones. Se trata de un proceso histórico signado por la destrucción permanente de oportunidades para el capital y el trabajo.

En esa dinámica se imbrica el patrón regional. Su impacto local conjuga con la economía extractiva de la región cuyo estancamiento es una de las salidas de la crisis sanitaria actual. El resultado es la insuficiente creación de nuevas actividades y empleo asociado, como una de sus características más salientes y compartida con el conjunto nacional.

Si a ello se suma el colapso financiero provincial, se obtienen los servicios educativos degradados que se ofrece a nuestros jóvenes. Llegarán a la universidad menos y peor capacitados. Amplios sectores se sirven de prestaciones de salud elementales, incompletas y a menudo merced al compromiso del personal sanitario antes que a sus disponibilidades. Infraestructuras en condición crítica quedan evidenciadas en las contingencias climatológicas. No puede pasar desapercibido que los efectos de la volatilidad económica nacional, la alejada orientación del sistema político a la generación de riqueza y la degradación paulatina de las prestaciones públicas han dado forma tan concreta como triste a nuestra propia fuente de desigualdad y pobreza.

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